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lunes, 3 de mayo de 2010

Modistas

viernes 29 de enero de 2010

Modistas

La vecina del segundo izquierda tiene el pelo blanco, completamente blanco. Es así desde que la recuerdo, muy alta y delgada, muy delgada. Los años han ido encorvándola y viste de forma desaliñada, sin cuidado. Es educada en el trato, pero seca y cortante, elije con cuidad con quién se relaciona. Pero no siempre fue así.
En su juventud era una mujer atractiva y coqueta; competía con sus hermanas para ver quién iba mejor peinada, llevaba los tacones más altos o la falda más corta. Paseaban las tres por el pueblo levantando pasiones entre los vecinos y desaires entre las vecinas. Llegado un día Teresa se decidió por un muchacho de su edad, alto y bien plantado. Se ennoviaron y su madre, cabeza de familia con tres hijas casaderas y un marido fallecido, dio el visto bueno a la relación. Teresa junto a su madre y hermanas, se ganaba la vida cosiendo. Y a ello dedicaba los días hasta las ocho de la tarde en que Juan pasaba a buscarla para pasear por la calle Mayor del pueblo. Todo parecía transcurrir con normalidad. Con el tiempo Teresa empezó a sospechar que su relación con Juan era un tanto anómala, Juan nunca aparecía a buscarla antes de las ocho, ni siquiera para acompañarla a escuchar misa los domingos. Cuando Teresa le increpó sobre la situación, sus respuestas eran siempre evasivas y cansada de tanto oscurantismo decidió dar por zanjada la relación.
Mientras, su hermana pequeña, Lourdes, se casó con un mozo de Bilbao que conoció en fiestas y se fue a vivir allí con su recién estrenado marido. La mayor, Azucena, viendo que el taller de costura no daba para vivir con la prosperidad a la que aspiraba, se fue a Burdeos a servir en una casa y tratar de mejorar su posición social aprendiendo francés y modales refinados.
Se encontró así Teresa sola con su madre y decidió comprar el piso en el que ahora vive y dejar la casa arrendada demasiado grande ya para las dos. Los años pasaron rápidos, dedicada noche y día a coser para poder pagar su piso. Decidió voluntariamente no volver a tratar con ningún hombre, decepcionada por su relación fallida. Su madre al avanzar en edad se fue dedicando a las labores del hogar y apenas ayudaba a marcar patrones o sobrehilar, Teresa por su parte era incapaz de cocinar nada, preocuparse de la intendencia, o realizar labor alguna del ámbito doméstico.
Cuando su madre falleció, se encontró Teresa, con un piso pagado, una jubilación inminente, una mísera pensión, ninguna idea de cómo llevar una casa y sola; muy sola.
miércoles 3 de febrero de 2010

La pequeña Lourdes

Cuando Lourdes decidió irse con su marido a vivir a Bilbao, no sospechó nunca la vida que le esperaba. Como el resto de los emigrantes se encontró allí con una ciudad en expansión, que crecía de espaldas al monte y de costado al mar, de forma rápida y atropellada. Alquilaron una vivienda pequeña en un barrio a las afueras, con vistas a la carretera. La ropa jamás volvió a ser blanca y el cielo fue siempre gris, pero el trabajo no faltaba. Su marido trabajaba en una fábrica de cacerolas, a turnos, más las horas que metía por obligación; apenas aparecía por casa. Pronto Lourdes se encontró con dos hijos, que aprendieron a vivir en Bilbao y a sentirse de allí. Koldo abandonó pronto la casa de sus padres para irse a vivir con la novia y Ane, decidió estudiar industriales y se quedó en casa.Más o menos en esa época Lourdes empezó a encontrarse mal de salud, su familia lo achacaba al dolor que la produjo la muerte de su madre, pero como Teresa sospechaba había algo más, a los pocos meses la noticia estaba confirmada, tenía cáncer y bastante avanzado. Ane y su padre se dedicaron a cuidarla hasta que murió. A falta de unos pocos meses de que Ane terminara sus estudios su padre tuvo un accidente de coche que le dejó graves secuelas, terminó la carrera como pudo y se pasó meses dedicada a su padre. Finalmente Ane se quedó sola en Bilbao, muy sola.Su tía en el pueblo le ofreció su casa y Ane, que no tenía muchas más opciones, aceptó. Mi modista favorita aprendió a cocinar, a llevar una casa y a ser una madre. Hoy se desvela por Ane y ahora que por fin ha encontrado trabajo viven con cierto desahogo. Teresa asiste a cursos de enseñanza para adultos, y a clases de informática a sus y tantos años, de vez en cuando nos manda correos y está como siempre decidida a vivir su vida. La última vez que nos vimos en el descansillo me contó que le habían diagnosticado Alzheimer y me advirtió que me cuidara de los hombres o tendría problemas, ella es así. Cuando ya no esté habremos perdido a una mujer muy especial, lo sentiré mucho. Todavía guardo ropa que confeccionó con sus manos.
jueves 4 de febrero de 2010

Teresa

Ahora que veo mi vida con cierta distancia, empieza para mí la época de balances, mientras mi cerebro sea capaz; me encuentro recordando el transcurrir de mi vida.No he olvidado a mi único novio, al principio era un recuerdo constante y una fuente de insatisfacciones infinita. Con el tiempo se convirtió su ausencia en algo cotidiano, con lo que compartía mi vida. Claro que me hubiera gustado formar una familia como mis hermanas. Y tener un hombre a mi lado en las noches largas, sobre todo en mis años de juventud, en los que el cuerpo todavía mandaba mucho. Pero él no era de fiar y yo lo sabía. Cuando empecé a volcarme en mi trabajo no sólo para olvidar, si no porque necesitaba el dinero; todo se fue haciendo más llevadero. El agotamiento del cuerpo dicta a veces. Tampoco hubiera sido fácil conocer a nadie más, siempre encerrada en casa y con visitas exclusivamente femeninas. Canalicé toda mi energía en coser y era la mejor, supe del mundo por mis clientas, a las que elegí por su carácter. Si no me gustaban, no cosía para ellas, y así se lo hacía saber en su momento; con los años muchas de ellas acabaron por ser amigas, y las vi envejecer conmigo, nacer a sus hijos, a sus nietos, vi morir a sus madres. En años sólo salí a la calle para ir de entierro.He sido descarada y un poco déspota, he prescindido de las correcciones sociales. He vivido según mis principios y no puedo decir que no haya sido feliz. Ahora con mi sobrina en casa he descubierto la sensación de que alguien me necesita, y asumido responsabilidades que apenas intuía. Sólo me queda esperar con serenidad la muerte.
viernes 26 de marzo de 2010

Juan

Me llamo Juan y tengo 50 años. Hoy he conseguido por fin zanjar la deuda que tenía heredada de mi padre. Nunca debió hacer negocios con el señor Anselmo, mi madre se lo dijo cien veces. Pero mi padre no escuchaba, nunca escuchó a nadie. Siempre hizo su voluntad y ni mi madre ni yo pudimos evitarlo. Construir una explotación ganadera de aquella magnitud en estas tierras y sin saber nada del negocio era, sin más, una sandez. Pero el señor Anselmo supo engatusarle, y consiguió que mi padre firmara aquel contrato. La vergüenza que pasamos mi madre y yo cuando descubrimos que el negocio ni siquiera era real. A mi padre le costó la vida, y mi madre y yo tuvimos que mudarnos a otro pueblo para no afrentar la risa de los vecinos. Durante años tuve que mantener dos trabajos. Un sueldo iba saldando la deuda del señor Anselmo y con el otro malvivimos mi madre y yo. Todos los días trabajé hasta las ocho de la tarde de forma clandestina durante estos años, en asuntos turbios. No me pesa nada de mi pasado, porque sé que hice lo que tenía que hacer. Nada con la excepción de Teresa. Nunca conocí mujer igual, qué ímpetu por la vida, qué carácter, y qué elegancia. No pude admitir mi vergüenza ante ella. Todavía me pregunto si se acordará de mí.

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