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domingo, 22 de agosto de 2010

Orgullo gitano


Mientras me baño en la playa puedo ver en la orilla a mi familia; mis padres, mi hermana, mis hijos. Es curioso observarles de lejos, somos una familia gitana. Mi padre desde su silla de mimbre nos va estudiando uno a uno, vigila en estado de alerta. Mira a mi hermana y se recrea viendo cómo colabora secando a mis hijos. Mira a mi madre, matriarca incansable del clan. Seguro que ya ha cocinado para todos. Y a mis hijos con cara de orgullo, la estirpe continúa; y con inquietud, qué será de ellos ahora que su padre ya no está con nosotros.
Nunca miraron con buenos ojos que me casara con un payo, y desde que se fue le maldicen en cada ocasión venga o no a cuento.
Y me mira a mí, con devoción. Porque ve una mujer fuerte y valiente que ha sabido reorganizar su vida, y con miedo. Veo el miedo en sus ojos. No sabe por dónde voy a salir y eso le quita el sueño. No cree que necesite nada más que a ellos para llevar mi vida. No admitirá nunca que soy una mujer joven y que tarde o temprano buscaré el calor de otro en mi cama. Sé que llegado el caso me apoyará como ha hecho siempre, en todas las ocasiones en las que lo he necesitado, y en las que no también.Mientras el agua fría moja mi pelo, yo dejo de bañarme en esta preciosa playa; ya no estoy aquí con ellos. Estoy a muchos kilómetros pensando en el hombre que desayunó conmigo el último día antes de las vacaciones, y al que estaré esperando en mi lecho cuando éstas terminen. Y que estará en aguas más cálidas con su familia, quién sabe si pensando en mí y en este agua fría que empapa mi cuerpo. Eso sí, este viaje es otro gitano.

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