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miércoles, 1 de diciembre de 2010

Adolescencias

Muchos recuerdan con una sonrisa su adolescencia; las barbaridades, la indecisión, los llantos , las risas, la incertidumbre. Las ganas locas de hacer cosas y de disfrutar, comerse la vida, de apurar las noches. Nunca era hora de irse a casa. La importancia de los amigos, del grupo, de sentirse incluído o no, de complejos, de novios, de experimentos.
La mayoría pasamos sin pena ni gloria por ella; después, un poco más centrados, la vida continúa.
Yo recuerdo mi primera adolescencia como una locura vertiginosa, enamoradiza y pendenciera, descubriendo vicios y placeres mezclados con estudios y metas. No sé cómo lo hice, pero llegaba a todo. Hasta aquí , lo normal.
Lo que ya no sé si es tan normal es haber pasado por más de una adolescencia.
La segunda fue como la primera, pero con más libertad, más dinero y más oportunidades, vamos, salvaje. No había un antro que no conociera, y amanecía entre semana pronto por la mañana. También logré sobrevivir a mi segunda adolescencia sin grandes secuelas.
Cuando ya parecía haberme serenado por fin, llegó de forma insospechada, la tercera.
Que me pilló mayorcita, con trabajo, pero sin responsabilidades, en una ciudad mediana, con montones de cosas para hacer, y las hice casi todas. Desde participar en tertulias de cine con sus directores, ir a gimnasia, hasta terminar mis estudios; y por supuesto , mucha fiesta, pero con la cabeza a mueblada (casi siempre).
Se suponía que tras estas adolescencias, ya podía retirarme a una vida placentera y tranquila, retirada del mundanal ruido, dedicada a mis quehaceres familiares y laborales, cantar misas y esas cosas que hacen las personas cabales y maduras. Y lo hice, con vocación y entrega durante años. Pero...
De repente me vi inmersa en mi cuarta adolescencia, ya no parecía ni medio normal. Una señora tan mayor y con tantas ganas de salir y ver cosas, y hacer fiestas. Otra vez puesta al día de los peores tugurios con gentes noctámbulas y perdidas por el camino. Justo acabo de terminarla.
Otra vez vuelvo a la tranquilidad deseada, a leer, a mi música, a la vida familiar. Pero este viaje ya no me lo creo, sé que será así por un tiempo, probablemente mucho; porque eso sí, tienden a espaciarse. Pero me veo en Benidorm despendolada a las tantas, bailando "Los Pajaritos" y piropeando a los camareros. !Ay! dice mi abuela que las cabras siempre tiran al monte.

4 comentarios:

  1. Yo he sido una adolescente muy rebelde, ¡muchísimo!. Me quería comer el mundo, y no había nada, ni nadie que lograra impedírmelo...

    Pero claro, con el tiempo, una madura y se calma, aunque en mi caso, no demasiado. Sigo teniendo ese espíritu de quinceañera, que me anima a hacer cosas que, "a veces", no son propias de mi edad...¡intento seguir comiéndome el mundo!, y con sinceridad te digo, Nines, ¡que me encanta!.

    Yo moriré adolescente :-)

    Pd: Un texto genial, Nines!!!!!!

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  2. Pues yo he sido una adolescente muy tranquila. A lo mejor por eso ahora estoy como una chota jajaja,

    Nines, dejate de pajaritos en Benidorm y vamonos a Hawái a bailar el hula, hula

    Besos de buenas noches

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  3. A ver... Lo de "los pajaritos" me aterra, Prefiero Hawai o culquier otra cosa.

    Saludos.

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  4. Veo que no os gusta Benidorm como destino, y eso que segúramente no habéis ido tanto como yo; lo que pude protestar de adolescente porque me llevaban mis padres allí. Ahora que veo que coincidís conmigo, id pensando un destino donde podamos vernos. Las juergas sin amigos no son lo mismo. ¿Haway? No me disgusta la idea.

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